DOLORES Y TRASTORNOS DERIVADOS DE INTOLERANCIAS ALIMENTARIAS Y TÓXICOS

Dolores y trastornos derivados de intolerancias alimentarias y tóxicos

Hay un gran número de sustancias que pueden producir trastornos en nuestro organismo y de los que no solemos caer en cuenta. Desde algunos alimentos hasta los metales pesados pasando por multitud de productos químicos, hay infinidad de sustancias con las que entramos en contacto a diario y que podrían llegar a ser nocivas para nuestra salud. Esto puede terminar en enfermedad y, en muchos casos, en dolor.

No siempre es necesario ingerir estos elementos para que se absorban. La piel es una barrera que nos protege del exterior pero también permite absorber algunas sustancias. Las cremas, champús, jabones, perfumes o productos de limpieza, entran en contacto con nuestra piel a diario.

La ingestión de metales pesados está aumentando mucho al encontrarse estos cada vez en mayor cantidad en diferentes tipos de pescado de los que normalmente consumimos. La inhalación del humo de los coches y la contaminación son otras vías de entrar en contacto con estos elementos. Además los empastes de amalgama en los dientes pueden tener un alto contenido en algunos de estos metales. Entre los síntomas de intoxicación por metales pesados pueden mencionarse el dolor crónico inexplicable, la dificultad para perder peso, la ansiedad e irritabilidad, la depresión, los problemas digestivos, la fatiga extrema y cansancio crónico, los dolores de cabeza, el insomnio, la pérdida de memoria, el dolor en los músculos y articulaciones, problemas de piel o bradipsiquia (actividad intelectual enlentecida).

Por otra parte, es un hecho conocido que la alimentación está íntimamente ligada a la salud. Cada día son más las personas afectadas por intolerancias alimentarias. De sobra son conocidas las alergias alimentarias en las que los pacientes no pueden comer un determinado alimento por riesgo de reacción anafiláctica severa e inmediata. Otras reacciones a alimentos menos floridas aunque no por ello menos importantes son, por ejemplo, la intolerancia a la lactosa (por déficit enzimático de lactasa) o la celiaquía (por reacción autoinmune ante el gluten). Todo esto ha llevado a obligar a los establecimientos de restauración a incluir una lista de alergenos en sus menús.

Para entendernos en este artículo, llamaremos intolerancias alimentarias a las que no producen reacciones anafilácticas instantáneas. De entre ellas las más frecuentes son las autoinmunes tipo III. Se calcula que pueden estar presentes hasta en el 45% de la población y son difíciles de detectar porque no producen síntomas hasta entre 8 y 72 horas después de ser ingeridas. Para que se produzca este tipo de intolerancia hace falta que la pared intestinal esté dañada, de manera que pueden pasar a la sangre componentes alimentarios no totalmente digeridos. De esta manera se produce una reacción del sistema inmunitario contra esos componentes alimentarios que puede terminar en una reacción inflamatoria crónica si se prolonga en el tiempo. Las causas por las que la integridad de la barrera intestinal puede verse afectada incluyen el estrés, infecciones, fármacos, tóxicos y micosis (infecciones por hongos).

Se ha encontrado relación entre las intolerancias alimentarias y la diabetes tipo II, la hipertensión arterial, las migrañas y cefaleas, los procesos inflamatorios intestinales como la enterocolitis y la enfermedad de Crohn, la dermatitis atópica, la frecuencia de recidivas en la artritis reumatoide, el hipotiroidismo, y el síndrome de fatiga crónica. Por tanto, sería posible que los síntomas de estas enfermedades mejorasen si podemos tratar las intolerancias.

Así pues, hay muchas sustancias que pueden afectar a nuestra salud, por lo que es importante identificarlas. Puede precisarse de analíticas para descartar alergias o intoxicaciones por metales pesados para llegar a diagnósticos específicos.

Pero muchas veces las pruebas no dan un diagnóstico concluyente o los síntomas del paciente no mejoran tras el tratamiento. En este caso puede que la causa no sea solo por una sustancia en particular, sino por la suma de varias.

Para estos casos, en el Centro de Traumatología y Medicina Manual disponemos de un método no invasivo ni doloroso que mide ciertos cambios en la piel al exponer al paciente a cualquier sustancia. Esto puede aplicarse a alimentos, tóxicos, metales o medicamentos, pudiendo así llegar a saber cuáles son las sustancias que deberá evitar. En el caso de los alimentos este método simplemente detecta cuáles nos están sentando mal y cuáles bien en cada momento, pudiendo así precisar una dieta adecuada para el paciente. Tras un tiempo, se repite la prueba para ver si se pueden reintroducir algunos de los alimentos y así rotar la dieta para que esta sea lo más equilibrada posible y que no se desarrolle hipersensibilidad a los nuevos alimentos. No se trata de comer menos, sino de qué se puede comer y qué no. Todo esto llevará en muchos casos a una mejoría paulatina del estado general y de los dolores. No menos importante es el hecho de que casi todos los pacientes pierden peso sin pasar hambre.

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